La educación siempre ha sido algo fundamental para la
progresión de una sociedad y para medir la riqueza de un país. Actualmente
existen una gran cantidad de centros educativos, para todas las edades, que
están haciendo de las nuevas generaciones personas que dejan atrás el
analfabetismo e incultura de otras épocas donde había menos recursos y acceso a
estudios.
Si bien es cierto que durante mucho tiempo, desde la democracia, se ha
implantado una educación pública para todos, también se ha mantenido durante
bastante tiempo la misma filosofía en lo que a transmisión de conocimientos por
parte de los maestros, se refiere. Sin embargo, desde hace un par de décadas,
ha habido muchos movimientos que dudaban sobre el planteamiento de sólo
escuchar a un profesor, tomar apuntes, hacer unos exámenes y poco más, ya que
consideraban que no era el método más adecuado para el aprendizaje.
Esto produjo que se buscara una forma más efectiva de transmitir esos
conocimientos, pero de una manera más atractiva para el alumnado y, al mismo
tiempo, que animara al propio profesor para comunicar mejor sus conocimientos.
Esto crearía una dinámica de retroalimentación entre el alumno y el profesor.
La clave apareció al apostar por la psicología educativa, que se ocupa fundamentalmente de cómo enseñar al alumno una materia y de cómo el alumno la aprende. Para ello es importante tener algunos puntos clave claros. Uno de ellos es estudiar detenidamente la materia que se imparte, analizándola y adecuándola a cada etapa educativa lo mejor posible, de forma que esta sea entendida por el alumno que la estudia.
Por otro lado, también es necesario analizar al alumnado desde su punto de
vista como receptor. Es decir, saber cuáles son los mecanismos que el alumno
utiliza para aprender esa materia y también qué es lo que más le motiva para
establecer una comunicación activa y directa entre él y el profesor.

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